viernes, 4 de julio de 2014

Travesía Rubicera - Mortero de Astrana

14 de junio de 2014
Participantes: Isma, Toño, Rebeca y Dani.

Yo paso de hacer los pasamanos del lago de Mortero - dijo Rebeca convencida horas antes.
Algunos nos acordábamos de su (divertida) caída de la barca en Coventosa y su principio de hipotermia. Nos preguntábamos hasta que punto se atrevería con su promesa de cruzar a nado.

(Y llegó el lago) 

Bueno qué, ¿vas por el agua?- dije yo desafiante.
Joder, no me atrevo, debe estar fría de cojones - protestó Rebeca  inmersa en la disyuntiva entre intenciones y sensaciones.
Si nadas al otro lado, yo voy contigo - afirmé en absoluto convencido de mi atrevimiento pero lo suficiente después de todo lo atravesado y mojado.
Venga, va, pero joder que fría - Rebeca se autoconvencía dudando de si esto iba en serio.
 
Y sin saber hasta dónde llegaría el fondo y cuán larga sería la distancia al otro lado nos metimos al agua. Ya quedaba menos y la travesía merecía este último homenaje (o sacrificio).


Tal y como quedó el grupo, era yo el más experto en la cueva, sendas entradas por ambos lados me avalaban. Pero de esto había pasado ya un tiempo, sobre todo de la zona de Rubicera, y me surgían dudas más que razonables de tener algún despiste y complicarnos la vida.  Isma, el otro gran experto, también hacía tiempo que no iba por allí y la zona de Mortero no la conocía.

Así, llegó el viernes, y casi no me había dado tiempo a leer y repasar descripciones y topos. Durante el viaje del viernes  y hasta la noche, aproveché pequeños momentos para intentar memorizar de alguna forma el camino y localizar los pasos claves. Como vería luego, fue una tarea no del todo exitosa, pero si suficiente.

Rebeca y yo subimos el viernes a mediodía con la intención de comprobar e instalar la salida de Mortero para el día siguiente. Así llegamos sobre las 18h y nos preparamos para el paseíllo a Mortero, a la fantástica torca del Mortero de Astrana, a la que uno no se cansará de acceder. Ya allí, vimos que estaban instaladas en fijo dos de las cuerdas, en muy buenas condiciones. Esto resultaba Fenomeno, pero yo quería bajar y llegar hasta el agujero soplador. Me venía bien después de tanto tiempo sin colgarme. Cada uno bajaríamos y subiríamos por una cuerda y comprobaríamos toda la instalación. Una rápida inmersión nos valió. Cuando salía de Mortero, desde la sala del Caos, y veía esa luz verde penumbrosa, esa salida tan hermosa que tiene Mortero, me preguntaba que sensaciones tendría al día siguiente si conseguíamos llegar a ese punto.

Solo por la aproximación ya vale la pena

A las 9am quedamos con Toño (el gran fichaje para esta cueva desconocida para él) e Isma. Habían llegado tarde del viaje y no era cuestión de madrugar en exceso.
Ya pertrechados y con 2 cuerdas de 30 y 50 m, más un cordino por si había que recuperar cuerda, nos fuimos en busca de Rubicera. Llegados los resaltes de la entrada, valoramos que las condiciones, al menos en el primer resalte, eran buenas para un destrepe, y por tanto sin necesidad de instalar. El segundo resalte es un poco más delicado pero con suficiente destreza se realizó sin problema.  A todos nos quedaba la duda de si teníamos que volver y lloviera, qué tal estaría para treparla. En cualquier caso, riesgo asumible y ahorro de tiempo.

Un 75% del grupo en la boca
Sobre las 11.30 estábamos en la boca (en la buena, no en la que me paré yo). Algunos optamos por quitarnos todo el equipo y otros parcialmente. No lo necesitaríamos hasta el pozo del Chocolate y para eso quedaba un rato.

El papel de guía me tocaba a mí. Topo en mano y brújula en cuello, entré liderando el grupo con el mantra en la cabeza de “mantente siempre a la izquierda, no escuches la llamada del camino del centro…”.  Al principio todo iba cuadrando según la descripción pero en un momento tiré hacia el centro al ver unos hitos clarísimos, seguro que todos los caminos llevan a Roma (Paso de la Licuadora). Y seguí andando hasta que llegamos a un punto, donde al bajar una hondonada, no queda claro el camino. Ah, ahí están los hitos!!. Eh, chicos, venid por aquí ­afirmé entusiasmado. Y empezamos andar otra vez para arriba. Buscaba el famoso Bosque, características estalactitas. Isma era el complemento ideal, utilizaba otra buena herramienta, la memoria fotográfica. Y fue él el que se dio cuenta de que estábamos volviendo, estábamos dando la vuelta a la sala de Rubicera!!. ¿cómo era posible? Pero si está parte es de las fáciles!. Escudriñé topo y brújula buscando la explicación. Daba igual, Isma lo tenía claro, es por allí, a  ahí se ve el Bosque. Habíamos llegado al paso de la licuadora. Sin más dilación nos metimos decididos y pasándonos las sacas superamos este hito en el camino sin mucha dificultad a base de varios retorcimientos.

A ver a ver... ¿dónde estamos?
Ya nos encontrábamos en el 2º nivel y la cosa se ponía más interesante. Todos mis esfuerzos de orientación empezaban realmente aquí, donde bi- y trifurcaciones nos jalonarían cada dos por tres. A partir de aquí había otro mantra que seguir, Isma se lo aprendió de las otras veces “siempre a la derecha”. En efecto, lo había comprobado en las topos, y en la mayor parte de los  cruces, el camino sería el de la derecha según el sentido que llevábamos.

En todo caso, nada más salir de la licuadora Isma no lo dudó un instante y sabía que había que girar en primer lugar a la izquierda. A partir de aquí, tomaríamos todas las opciones a la derecha para llegar a la sala del Balcón. Los hitos más claros (montón de piedras, flechas pintadas, catadióptricos, etc.) pertenecen al camino de la travesía, pero podemos encontrar otros en bifurcaciones en caminos que llevan a otra parte o bien que llevan al mismo lado por otra galería, por lo que no se debe fiar uno. Lo mismo sucede con lo pisado de la traza.

A buen ritmo  y sin muchas dudas, avanzábamos hacia las diferentes salas (sala Deslizante y sala de la Biere). La cueva nos daba pequeñas zonas con elementos estéticos destacables como la conocida por nosotros de la sala de las muelas o colmillos.
La teta!
Llegados a la Sala de la Biere nos acercamos a la Galería de las Tetas a ver unas de las zonas más bonitas de la cueva: la gran teta (enorme estalagmita), los hilos, la perla, excéntricas negras, etc. Isma seguía avanzando por esta zona queriendo captar imágenes para la colección.

La perla, hasta que no la encontramos no nos fuimos.
A mí en cambio este desvío del camino principal no me gustaba por la distracción que suponía, nuestra concentración debía estar para lo que venía después. Después de varios avisos volvimos a la sala de la Biere donde haríamos la primera parada para comer. Llevaríamos para entonces 1h 30 más o menos desde la entrada, es decir, un poco retrasados respecto al horario previsto.
Bonitas formaciones en la Sala de la Teta
Después de un breve repaso a las topos, seguimos. Atravesamos la galería del Tambor, con su característico suelo hueco que hace temer su rotura en algunos pasos y pronto nos plantamos en la Galería del Andén y la Sala Decrépita. Y de ahí por el bien marcado paso a la gatera que lleva a la empinada galería del Pozo del Chocolate (P31).

Descendimos el pozo sin mayor problema y decidimos hacer el gran almuerzo aquí (Isma estaba a punto de desfallecer  por inanición) antes de continuar ya por la zona más desconocida, la conexión con el río Leolorna y siguientes.  Aquí otra vez me encontraba inquieto. La otra vez me medio perdí a la vuelta (siempre más complicada) de esta zona al pasarme el desvío. Fue una situación algo agobiante.

La salida del Pozo del Chocolate continúa por las galerías de la Plancha y del Chocolate, en una zona en la que andaremos un rato a gatas por un suelo plano y mojado en una estrecha galería. Llegados a la zona de la galería de las Muelas pusimos la correspondiente nota en el libro de visitas que se alberga en una fiambrera y que puede servir en caso de rescate. Aquí tuvimos polémica sobre el mejor camino. Una cuerda evitaba un resalte de 4-5 metros hacia la izquierda. Era lo obvio, pero la descripción que llevaba en mis manos y la topo parecía indicar que teníamos que tomar el camino de la derecha (aquel por el que me extravíe la otra vez). Isma tiró para la cuerda convencido, pero yo hice una mini exploración hacia el otro lado, lo que yo creía que correspondía más con la galería de las Muelas. Ante la posición nada dialogante del resto de compañeros, decidí darme la vuelta y no comprobar que en efecto por ahí también se puede conectar.


Así que tiramos por la cuerda y varios destrepes después encontramos el agua del río Rubicera. Hasta aquí habíamos llegado la otra vez. Empezaba lo realmente desconocido. El tramo que venía a través del río no debía de tener dificultad de orientación, como así fue, hasta la conexión con la Vía Real.

Toño bebiedo Niphargus y sanguijuelas
Empezamos a adentrarnos en los terrenos inundados y desconocidos del río Rubicera. Como dice la descripción que teníamos, se trata de un amplio meandro en formación vadosa acotada con planchas horizontales de diversas formas, que viran y se retuercen con amplitud. Por el río hasta la cintura avanzábamos maravillados con esta galería y extrañados de su longitud, pensando que igual nos habíamos pasado el desvío. Pero no, este tramo fluvial es largo, realiza numerosos giros. En algunos puntos es posible evitar el agua aunque da un poco lo mismo a estas alturas. Para esta travesía yo estrené los escarpines y debo decir que fue todo un acierto.

El agua estaba fresquibiri fresquibiri
Después de un buen rato (1h aprox.) sobre el lecho del río se toma desvío bien marcado que te sube a un nivel superior por el que avanzas por encima del río, teniendo que salvar varios desfondes con saltos decididos. De esta forma alcanzamos la Vía Real, dejando escapar el río a nuestra derecha por un rato. A continuación alcanzamos el Paso del Leopardo, inconfundible con sus peculiares golpes de gubia rellenos de arcilla.

Leopardo
A partir de aquí tuvimos una sucesión de resaltes y pocitos con cuerdas fijas en aceptable estado y de esta forma volvimos al río en una zona donde éste ensancha antes de precipitarse en el pozo de la Cascada Blanca. Habíamos llegado a uno de los lugares que nos causaba más inquietud por lo comentado y leído.

Aquí estuvimos un rato dando vueltas para arriba y para abajo por el resalte del margen izquierdo del río, a ver si localizabamos el desvío. Toño fue el encargado de encontrar el desvío, cuya situación no correspondía con los planos al encontrarse más adelante. Tuvimos que trepar hasta una gatera inmunda que nos puso un poco a prueba el cansancio y la energía que teníamos.
 
Dani pasandolas putas en la gatera pre-araña
No fue para tanto pero todos andábamos más pensando en el famoso Paso de la Araña. Habíamos llegado a la Cascada Blanca, un inmenso pozo, muy amplio donde el agua se precipita más de 200 m, un auténtico abismo.

Toño fue en encargado de abrir el pasamanos. Éste más que complicado y expuesto es molesto, especialmente al principio, ya que tienes que adoptar unas posiciones horizontales un poco incomodas y donde es fácil enganchar la equipación con salientes varios. En general, no tuvimos una sensación de vértigo o algo parecido, la oscuridad y un resalte a unos 20 m evitaban estar más timoratos.

Y seguimos por otra gatera que nos llevaría a la sala de la Espera. Estábamos muy cerca de llegar a la conexión. Empezábamos a creer que teníamos el reto medio hecho. Pero sabíamos que nos quedaba una parte dura y técnica de pasamanos y pozos y que las fuerzas no estaban ni mucho menos intactas.
Con un pozo ascendente de 20  m (y con paso de nudo a 2 metros del suelo) empecé este tramo de montaña rusa. Esta cuerda es la única que vimos que debería ser cambiada, quizás deberíamos haber sido nosotros pero no estuvimos espabilados. En todo caso, la instalación de anclajes es buena. Rebeca y yo tomamos delantera e íbamos adelantando trabajo por los pozos siguientes. La galería se estrechaba. La sala de la encrucijada no fue complicada de continuar  y después de otros resaltes y pozos descendentes de 10 y 15 metros nos encontramos con el rio Leolorna y la conexión con Mortero de Astrana.

Fue aquí donde ya esbocé una sonrisa de verdad. Lo que venía me lo conocía, lo había hecho hace poco y no tenía perdida. Además, sería divertido (y húmedo). Pronto nos encontramos con el lago del Mortero. Una cuerda instalada hace unos años debido a un rescate, permite evitar el meterte en el lago o utlizar barca. Rebeca y yo, decidimos tirarnos al agua y superar los 40 m nadando o lo que hiciera falta. No fue fácil la decisión. El caso es que esta opción de dividirnos nos permitiría avanzar muy rápido.

Vadeados una decena de metros enseguida el agua sube hasta la cintura (y bueno, sucede lo que sucede, ese momento que te quedas un poco sin aliento y te cagas en lo que haga falta). Pero fue eso un momento. Hasta que que te resbalas y  ya caes entero. A partir de ahí avanzas sin delicadezas. Era mi primer nado y sin neopreno excepto en pies. No fue para tanto, pero Rebeca y yo debíamos ir tirando sin demora para calentar el agua de nuestros cuerpos. Así que sin esperar a Isma y Toño, nos pusimos a superar los divertidos pasamanos de las marmitas. Echamos un bocado mientras esperábamos a los compañeros, pero al quedarnos fríos, después de avisarlos, tiramos para delante, avanzando por las conocidas galerías del río Leolorna.

Antes del agujero Soplador, el grupo volvía a estar unido. Ya se no notaba cara de cansancio,  llevabamos unas 8h de actividad. El agujero nos costó un poco, son unas rampas un poco penosas de subir con una mano en puño y la otra tirando cuerda. Pero ya estabámos en la Sala del Caos, muy cerquita de gran Torca.

Quise subir cerca de Toño, y así ver su reacción al ver la salida. Él no había estado antes en esta zona (como en el resto de la travesía), y estaba seguro que se sorprendería. Y así fue. La luz brumosa allí estaba, sólo quedaban unos trepes y la luz natural y verdosas nos sobrecogería. Nos abrazamos, habíamos logrado hacer este nuestro pequeño gran desafío.

Caritas de felicidad con hambre
Daniel Fernández