viernes, 23 de noviembre de 2012

Preparación para la travesía Rubicera-Mortero de Astrana



9 noviembre, expedición a Rubicera

Cuando volví, ellos ya no estaban, no oía sus voces y no atisbaba reflejo alguno de sus luces. El ruido del río subterráneo dificultaba la percepción de cualquier sonido de mis compañeros. Apresuré mi paso aguas arriba intentando recuperar la cola del grupo. Pero nada aparecía al fondo de la galería. Esta empezaba a resultarme extraña, pero los hitos presentes me confundían. Una cueva nunca es igual hacia un lado que hacia otro, de ahí que siempre haya que mirar atrás, echar ese vistazo furtivo sobre nuestros pasos. Al fin y al cabo esa era una de las misiones de esta segunda incursión a Rubicera, aprenderse bien el camino, no caer en sus trampas.

Los bloques aristados de esta zona, la geometría de la cueva y la presencia bajo mis pies del río, el cual se oía todavía con fuerza, me hizo dudar aún más. Este no era el camino por donde habíamos llegado al río. Fue por entonces cuando tuve la necesidad de dar mi primer grito, la primera señal de auxilio. Esperé unos segundos para ver si recibía respuesta, pero no fue así. Aceleré mi paso de vuelta, siguiendo los hitos anteriores. Por todas partes parecían abrirse conexiones para llegar al nivel de río, así como otras laterales. Cierta angustia se apoderó de mí. Sabía que mis compañeros volverían en mi búsqueda, pero en una cueva como esta podría ser un problema. Tenía que encontrar el punto donde me había desviado. Según recordaba sería un pequeño resalte a mano izquierda. De repente, desde algún lugar de la cueva, oí los gritos de mis compañeros. Inmediatamente proferí un grito de respuesta. La sensación de alivio fue grandiosa. Apreté el paso y ya pude ver las luces de ellos, justo en el punto donde me había desviado. Fueron unos momentos intensos dentro la cueva. 

Participantes: Paco, Manu, Isma, Rebeca y Dani.


Era la primera gran cueva que preparábamos un grupo de novatos, al menos Isma y yo no habíamos estado ante un reto así. Paco haría de tutor, pero la responsabilidad de preparar el material y la cueva, recaía sobre nosotros. El jueves 8 de noviembre salimos hacia Asón, donde nos albergaríamos de nuevo en el restaurante Coventosa. El viaje fue un suplicio por la lluvia y la niebla, por lo que llegamos más tarde de lo previsto. Además la cena y la sobremesa nos harían acostarnos tarde. Sobre las 11h del día 9 emprendimos ya listos la travesía hacia la boca de Rubicera. El camino era conocido. Aún así no estuvimos muy hábiles y llegamos a la boca casi una hora más tarde de lo que deberíamos, y eso que no llovía.

Aproximación a través del lapiaz
Entramos en la gran sala, la sala de Rubicera. Aquí me recordó Isma que debíamos ir siempre por el lado izquierdo de la misma, siempre teniendo la pared como referencia. Pronto llegamos a la zona conocida como el “bosque”. Y aunque la idea era no pararnos demasiado a disfrutar de las maravillas de la cueva, la imagen de las estalactitas perladas que jalonan este tramo, nos hizo detenernos unos instantes. A continuación llegamos al paso de la “licuadora” sin mucha duda. El agua abundante que caía en esta ocasión nos hizo temer que esta vez nos mojaríamos más que la última vez en este estrecho paso de 20 m, ello unido al viento que siempre sopla aquí. Gracias a una buena organización en el trasiego de sacas conseguimos descender ágiles al segundo nivel de la cueva. 
 
A partir de aquí fuimos de nuevo descifrando el camino con sus bi- y trifurcaciones correspondientes. En muchos casos, Isma y yo probábamos rutas diferentes, que en varias ocasiones llegaban a un mismo punto más adelante. Otra veces uno de los dos erraba, pero este ensayo y error nos hizo aprender mejor el camino principal. Además, nos acostumbramos a tomar referencias mirando hacia atrás. 

Las salas fueron sucediéndose, así llegamos a la sala del “balcón”, a la “deslizante” (nosotros aquí distinguimos la sala de los “dientes” por la forma del techo, donde aparecen multitud de incisivos y molares, una especie de mapa en relieve de una cordillera) y la sala de la “Biere” o del “campamento”, donde tomamos el amuerzo reponedor. El continuo trepe y destrepe de bloques ya nos había agotado un poco. Con las energías renovadas continuamos. Habíamos tenido un mejor paso dentro de la cueva lo que nos hizo recuperar tiempo respecto a las expectativas de Paco, importantes de cara al esperado día de la travesía.
Rebeca se atreve a bajar la primera el Pozo del Chocolate

A partir de la sala “campamento” usé unos viejos apuntes de Paco para seguir el camino. Para llegar al pozo del “chocolate”, hay que estar bien atentos, ya que varias ventanas se abren y nos pueden confundir. Por fortuna se nos dio bien y llegamos a la cabecera del pozo. Una vez comprobada la calidad la instalación (con cuerdas renovadas desde la última vez que estuvimos en septiembre). El descenso de los 30 metros del pozo fue una gozada. A partir de este punto empezaba lo nuevo para muchos de nosotros. 




Dani flipando con las formaciones



A través de una estrecha galería lateral con formaciones en el techo se continúa el recorrido.  Pronto deberemos agacharnos e ir de rodillas por el “paso del chocolate”, que da su nombre, suponemos, por el color del suelo, un suelo que aunque mojado, tiene aspecto pulido. A continuación llegamos a una galería de sección triangular a romboidal, con golpes de gubia, que nos sorprendió a todos. Una vez pasada esta zona, ya estábamos en condiciones de bajar al río, pero había que estar atentos, ya que son varias las posibilidades de llegar a él. Después de varios destrepes conseguimos llegar al río. Para algunos de nosotros era nuestro primer río subterráneo. El agua al principio se podía evitar lateralmente, pero finalmente hubo que medio meterse en el agua. Algunos nos adentramos unas decenas de metros a través del río. Todo un espectáculo. Aquí fue donde me quedé rezagado.
 
Golpes de gubia
Manu super interesado en la morfología de las paredes
Llegó el momento de volver. Nos quedaba un trecho por delante. Algunos de nosotros ya empezamos a estar cansados, pero la vuelta se hizo a buen ritmo. De nuevo, como en otras ocasiones, la sala Rubicera nos hizo perder un poco los nervios al no encontrar la salida a la primera, pero finalmente olimos, intuimos la misma. Al salir de la cueva pensamos que ya estaba todo hecho, pero no fue así. El frío, la lluvia y la noche nos hicieron pasar casi dos horas del mal rato. Teníamos que desinstalar los resaltes exteriores. Además, Rebeca que iba la primera, se encontró con extraños seres de la noche que la hicieron entrar en estado de pánico. Paco salió en su ayuda, haciendo huir a los malvados seres cornudos, y junto a ella tiraron por delante. Por mi parte, yo me quedé esperando a Manu e Isma a que desinstalaran bajo la lluvia heladora. Haciendo de explorador, les guíe hacia el coche, cosa que no resultó fácil.
Menos mal que Paco nos esperaba con unos de sus maravillosos caldos de gallina y verdura.

Isma disfrutando del agua
 
10 de noviembre. Expedición a Mortero de Astrana

Participantes: Paco, Isma, Rebeca y Dani. 
 
El cansancio del día anterior (al final salieron unas 12 h de actividad) nos hizo acostarnos pronto la noche del 9, eso sí, con ingestión mediante de una gran cena (gentileza de Marga y Chichi ) y de algún licor que otro.
El día despertó amenazante de lluvia, por lo que intentamos estar listos cuanto antes. Por desgracia Paco tuvo que hacer frente a varias peripecias que nos retrasaron la salida. Según cuenta se topó con una manada de miles de caballos, salvajes decía, que le impidieron (incluso atacaron) el avance de su 4X4. 

Siendo la mañana ya avanzada, comenzamos la aproximación a la Torca de Mortero de Astrana. Contábamos con 2 cuerdas, una de 40 m para la entrada, otra de 20 m para el agujero soplador, así como algún pingajo para por si acaso. En principio todo estaría instalado excepto la rampa de entrada.
A medida que avanzábamos por el lapiaz, empezamos a sentir que algo grande había ahí en medio. Poco a poco desciendes hacia la gran boca. Un autentico mundo perdido de dimensiones gigantescas. Líquenes, musgos, lianas y helechos diversos juegan con los chorros de agua que vierten por doquier. Un ambiente selvático propio del Terciario.

Torca del Mortero
Según llegamos a la torca en sí, teníamos que buscar las instalaciones y comprobar su estado. Según informaciones de Paco, la instalación clásica se vino abajo por la caída de la roca donde estaba la cabecera. Con ello, nos encontramos con una primera instalación realizada en un gran bloque. Inicialmente pensamos que era propia de novatos, algún grupo que estaba realizando alguna de la travesías posibles. Por ello, consideramos que era mejor realizar nuestra propia instalación. Rebeca procedió. Hubo que utilizar algún antiroce. La bajada era un poco incomoda por lo resbaladizo de la rampa, llena de hierba y barro. Aquí uno de los fraccionamientos tenía un spit en malas condiciones, por lo que reforzamos con una tercera placa, que aunque vieja, nos aportaría la seguridad suficiente para terminar de bar la torca. Una vez abajo, unos excursionistas nos informaron desde arriba de la existencia de una bajada mucho más directa situada al otro lado del agujero. 

En fondo de la torca respondía a la imagen citada del mundo perdido, allá donde seres extraños podía aparecer, insectos gigantes, dinosaurios o plantas carnívoras de nuestro tamaño. Allí nos deleitamos mientras bajaba el resto del grupo. 
El mundo perdido

A continuación, descendimos por la sala del “caos”, donde decenas de grandes bloques han de ser evitados o destrepados. Pronto llegaríamos al agujero soplador, que obviamente hizo honor a su nombre. La instalación existente nos resultó más que suficiente por lo que no hubo que utilizar nuestro material. La bajada no tuvo mucha historia, aunque resulta ciertamente resbaladiza. 
Agujero soplador

Una vez abajo, el río Leolorna ya se dejaba oír. Su cascada resultaba impresionante, con mucho caudal. Enseguida nos dimos cuenta que tendríamos que mojarnos río abajo. Al principio íbamos evitando el agua saltando de roca en roca o por los propios resaltes laterales, pero finalmente a todos se nos llenaron las botas de agua. La galería resultaba una diaclasa enorme, que se abre en su fondo por el paso del agua, formando una geometría semi tubular con golpes de gubia y fondo triangular. Esta geometría se transforma más adelante con pequeños resaltes y una sucesión de marmitas que deben superarse con pasamanos. Estos resultarán dificultosos sobre todo a la vuelta, al tener que hacerse en ascensión. Además, varias cuerdas estaban instaladas en cada tramo, por lo que había que tener cuidado en no utilizar las más deterioradas. También era importante dar la distancia adecuada entre compañeros para no importunar con la tensión.

Un poco de oposición para ir haciendo hambre
Comiendo en las mejores condiciones
 
Una vez superado el primer tramo del pasamanos, decidimos no seguir adelante ya que el Leolorna obligaba a mojarse bastante más de la rodilla (¡claro que nos acordamos del piraucho!). Algunos no querían mojarse demasiado para no resfriarse. Fue entonces cuando realice una última prospección por curiosidad, para ver donde empezaba el siguiente tramo de pasamanos. Llegué a vislumbrar el mismo, el cual se alcanzaba previa subida de unos 6-8 m. Satisfecho por la visión de la misma, volvía a mis compañeros, cuando choff!, caí al agua hasta el pecho. Por fin, iba a conocer las sensaciones de ir mojado. Por suerte, durante la vuelta pude mantener el agua caliente, y excepto en el agujero soplador, no lo pasé del todo mal. 

Qué bonito es esto

La salida de a la Torca resulto espectacular, todavía con la luz del atardecer. Algunos estuvimos tentados de salir por la otra instalación, pero la coincidencia con otro grupo nos hizo a todos utilizar la nuestra. Antes de la salir de la Torca se nos hizo de noche, lo que unido a la lluvia fría que caía, nos hizo de nuevo pasar un rato incomodo antes de llegar a los coches.
 
Fue un fin de semana sensacional y además ¡Ya estamos un poco más preparados para la travesía!

Dani Fernández