lunes, 30 de julio de 2007

Desde El Salvador, mi país de adopción por este tiempo.

Siempre cuando se está de viaje se produce una extraña sensación en la que el tiempo pasa rapidísimo pero a la vez se dilata, permitiendo que suceda un mundo cada día.
Ya he tenido oportunidad de disfrutar y pasarlo mal con el trabajo que voy a desarrollar durante este año. Aunque a priori pueda parecer bucólico para un geólogo tener la oportunidad de trabajar en un país donde la tierra está tan viva, también hay que pasar horas en la oficina, rellenando informes, lo mismo que en cualquier oficina española, pero esto forma parte del trabajo, también es importante.
En este país la tierra está viva: tiembla, las montañas son volcanes en los que las fumarolas arrojan vapor de agua a elevada temperatura, todos los días llueve, arrastrando materiales de las laderas, provocando desprendimientos, deslizamientos, inundaciones... toda esta realidad que a nivel científico puede resultar interesante tiene una doble cara: la vulnerabilidad de este país ante todas estas circunstancias, que como siempre afectan a los que menos tienen.
He recorrido barrios de chabolas, llenos de gente que vive en la miseria, que construyen lo que pueden donde pueden, en las laderas más escarpadas, junto a las quebradas, en todos aquellos lugares que nadie quiere y que ellos ocupan, no sé si por desconocimiento o porque es lo único que pueden hacer.

Y ante esta situación, cuando recorres una ladera que se ha deslizado y empiezas a pensar: cuál es su origen, que tipo de material era, cuanto llovió ese día, o simplemente alucinas con las rocas que ha arrastrado, los arboles, etc., llega un momento en que llegas a la zona en la que se han afectado viviendas e incluso ha habido muertos, entonces te sientes absurdo en tu limitada visión científica. Lo realmente importante es que han muerto personas, que otras han perdido lo poco que tenían y que sigue habiendo muchas otras en una situación de riesgo similar...
Esto no significa que el trabajo no tenga sentido, ni muchísimo menos, más bien todo lo contrario: formamos a los técnicos municipales para que conozcan e integren toda esta problemática en su quehacer diario, algún día esto quedará plasmado en ordenanzas e incluso leyes que salvaran vidas, mostraremos a la población la problemática con la que viven para que tengan capacidad de exigir a políticos y constructores medidas adecuadas para que puedan conservar sus vidas.

Quizá sean objetivos demasiado ambiciosos o incluso utópicos, pero realmente espero y confío que con nuestro trabajo aquí y el vuestro allá donde estéis, consigamos un mundo mejor.
No quiero cansaros con mis historias, aunque realmente me gusta compartir este momento con todos vosotros y poder trasmitir aunque sólo sea un poco todo lo que estoy viviendo por aquí.

Ángel Sánchez

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