lunes, 8 de agosto de 2011

Cuevamur

24 de julio de 2011
Después de la jornada del sábado había ganas e intriga por saber que nos deparaba el reto del domingo. Se decía entre los veteranos y monitores que nos esperaba una cueva más fácil que las del día anterior pero muy disfrutona. En este caso nos dividimos en 2 grupos que entrarían sucesivamente con cierto margen de tiempo para no estorbarse.

Después de un corto recorrido en coche y paso previo por Ramales, nos encontrábamos de frente con la espectacular boca de Cuevamur (Ramales-Cantabria). Después de una corta pero bonita aproximación estábamos ya dentro de las fauces de la cueva. Allí, los aviones formaban sus nidos en el techo y nos daban la bienvenida. De nuevo, los novatos, sentimos como la adrenalina aparecía ante lo desconocido que estaba por venir. Sorprendentemente, la boca se cerraba y sólo por un pequeño hueco podríamos entrar, que tras un corto paso a gatas, nos dirigía directamente al “paso del Cordino” y la “sala de los termómetros”. Aquí los huecos aparecían a ambos lados sin que pudiéramos saber de su profundidad. Después de unas dudas (que no serían las últimas) encontramos el primer laminador de la jornada, para algunos el primer laminador de verdad, de aquellos de los que debes arrastrarte y comer tierra. Y así fue durante unos 30 m. El cuerpo entraba en calor y las rodillas pedían ya compasión.
El laminador llevaba directamente a uno de los tesoros de Cuevamur, la “Gran Sima”. De primeras, un rapel sucio te llevaba a un pasamanos y a continuación a un pequeño ascenso-trepada. Todavía, en ese momento, uno no llegaba a percibir del todo la grandeza de la sala, estando más preocupado de estos primeros pasos técnicos en una pared en estado muy barroso y resbaladizo. Fue al llegar a pasamanos largo cuando al ver las luces y sonidos del primer grupo, que ya se encontraba al fondo de la sima, pudimos intuir que aquello era grande, muy grande. En este pasamanos, que al principio era de cuerda y luego de cable de acero, alguno se llevo algún susto por lo resbaladizo de la pared. Después de esta travesía se llegaba al gran rapel de la jornada (60 m). Y en efecto, el rapel era largo, largo, y también muy sucio. Una mirada hacia atrás dejaba hacerse una mejor idea de las dimensiones, formas y colores de la sala. Una vez abajo, un pequeño ascenso por “la cascada”, con ayuda del puño y pasos bien marcados, conducía la travesía a la “sala del campamento”. Allí el grupo hizo parada y fonda, ingiriendo un poco de comida y bebida, y practicando alfarería gracias a Rebeca y su musa Jordá, quien se convirtió en “el espeleólogo punk” o quizás en “la gallina abismal”.
El agua rezumaba por todos los lugares formando unos encharcamientos singulares. Ya todo el grupo unido, avanzamos sin demora por la “sala de la cascada” disfrutando de los recovecos que se abrían por doquier, escondiendo espeleotemas diversos, incluyendo espectaculares excéntricas. Después de un fabuloso rodeo, entrábamos de lleno en la “sala del caos”, que haciendo honor a su nombre, nos presentaba una sala llena de bloques que nos obligaban a un continuo sube y baja. Pero realmente el caos vino después, ya que la continuidad de la travesía no era recordada. El grupo entonces, se dispersó en busca del paso que nos debería llevar al “galería de los meandros”. Por momentos llegamos a pensar que no lo encontraríamos. Los veteranos no daban crédito. Alguno de ellos había repetido la travesía en más de una ocasión. Finalmente, al grito de por aquí, el grupo encontró su rumbo. Un pequeño laminador nos desembocó a la maravillosa “galería del lago”, donde disfrutamos un buen rato de todos los espeleotemas que la naturaleza expone en esta sala. Pero el placer dura lo que dura. Nos debíamos de enfrentar entonces al monstruo del día, que en forma de pasos superestechos, se le conoce como “el paso de los retales”. Aquí lo novatos seguíamos los consejos ergonómicos de los expertos de forma que nuestros cuerpos entrasen de alguna forma en estos recovecos imposibles. Alguno tuvo algún problema pero resolvió la papeleta decentemente. Los cursillistas superaban una situación bastante claustrofóbica que daba idea de una las grandes dificultades de la espeleo. (Alguno de los monitores luego comentaría que el paso se había ensanchado por el paso de la gente o incluso aposta). El siguiente tramo nos dirigía a “la galería del coral”, un probable tubo de presión abierto en cuña hacia arriba por una fisura. Los bordes del tubo tenían en efecto, formas coralinas que daban cuenta de antiguos periodos de inundación. El espectáculo cárstico continuaba en la siguiente sala, la “de los cristales”. Pero una vez más, la alegría duraba poco, nos enfrentábamos a “la galería de los guantes”, la cual destrozaría u poco más nuestras rodillas y codos, antes de llegar, de nuevo, a la “Gran Sima”. Desde allí, el camino se repetía desde el rapel pero hacía atrás. La salida de la cueva se producía unas 5h después del comienzo de la actividad.
Ante nosotros de nuevo la espectacular boca, abierta de par en par a ese fantástico paisaje cantábrico.
Cuevamur, una travesía sin muchas complicaciones técnicas, pero obligatoria para cualquier espeleólogo que de verdad le guste disfrutar de la belleza de las cuevas.  
 Daniel Fernández

2 comentarios:

  1. Buena crónica. Anímate a escribir más en futuras actividades. He disfrutado leyéndolo.
    Paco Cuesta

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  2. Qué grande la gallina abismal!

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